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XIX

Una mañana fría en una estación de autobuses. Pocos viajeros. Un hombre sentado en un banco de hierro, corpulento, un poco inclinado hacia delante. Lleva una cazadora negra desgastada, pantalones azules, zapatillas de deporte. Pelo desarreglado, medio calvo. Indiferente a lo que pasa a su alrededor, mira al vacío, inmóvil, como si no comprendiera nada. Sujeta entre las manos débilmente, a punto de caer, una mezcla de formularios, documentos de identidad y pasaportes. De cuando en cuando, baja la cabeza y mira las fotografías con una mezcla de estupefacción y asombro: no se reconoce. Vuelve a levantar la cabeza. No sabe quién es. No sabe qué hace ahí. Llega el autobús.

VI

Por difícil que sea la situación, una cabeza no espera nada, no tiene nada que esperar, libre de prescripciones y proscripciones, lo primero que pierde es la esperanza. Como divagante rara, accidental y accidentada, siempre fuera de lugar, no es más que un escapada continua, una vía de escape, un canal de fuga del sujeto y la identidad del yo. La liberación de la historia personal, encadenada al lastre del recuerdo y el remordimiento, y la colectiva, memoria acumulada de un escenario temporal y territorial, evita caer en la trampa, preparada con astucia, de crear una nueva identidad, una falsa identidad (avatar), ya que adolece de las mismas carencias, desventajas e inconvenientes de la llamada identidad real; el peso de esta tarea es contrario a la ligereza y la gracia, hace inclinar el cuerpo hasta que, finalmente, se adopta una postura sumisa, con las rodillas pegadas al suelo. La proscripción de lo proscrito, todos y cada uno de los caminos guiados por el reconocimiento, el rechazo del reconocer como hecho social básico, y la prescripción de lo imprescriptible, implica la necesidad evidente de borrar las huellas, se desvanecen como por arte de magia, a medida que se van trazando, cabeza borradora que graba su propia desaparición, gloria incomunicable, vida de eclipse.

III

El ejercicio espiritual de CONSOLIDAR una no personalidad, la frágil consistencia, efímera, de una cabeza que no es sino sueño(s), visión y enigma, puesta en cuestión interminable carente de sustancia y sujeto, requiere la adopción del "quizá" como categoría real de la existencia, indecisión eterna creadora de mundos.